lunes, 26 de diciembre de 2011

Algo diferente.

    Había un chico en mi parada del autobús el otro día. Uno de tantos. Pero éste tenía algo diferente, sostenía un libro en las manos y leía con calma mientras el remolino de gente que aguardaba la cola crecía a su alrededor.  No pude evitar observarle de vez en cuando, intentando atisbar el título de la novela que le hacía pasar página con el ansia de quién está siento devorado por una buena prosa y una mejor trama.

    Quizá fuera un loco por la ciencia ficción, o un romántico amante de la poesía, tal vez estuviera en medio de un duelo en el oeste o navegando por los mares del sur. Estuviera donde estuviera, seguro lejos de aquí.

    Me invadió una sensación de calma y tranquilidad que en un primer momento no supe identificar, pero que luego deduje, es la satisfacción y la alegría al comprobar que todavía quedan personas -  unas pocas -  que no sustituyen un buen libro por una pantalla brillante y un teclado.

    No conocía a ese chico y seguramente no le vuelva a ver pero, aunque suene exagerado, podría decir más cosas de él que de cualquiera de las demás personas que estaban a mi alrededor esa mañana, simplemente por el amigo paginado que llevaba entre las manos.

     En un momento, él me devolvió una sonrisa cómplice. Una de esas que te conmueven, porque alguien que no te conoce acaba de apreciar algo en ti que muchos de los que están a tu lado a diario no ven.

   Como si fuera un descuido, al pasar cerca de mi dejó entrever las letras brillantes de la portada. ¡Ya lo tenía! Y con un rápido gesto, vi que él también había intentado adivinar de qué era el volumen de tapas desgastadas que yo acababa de cerrar por que ya era hora de subirse al autobús.

(Basado en un texto de A.P.Reverte)

jueves, 22 de diciembre de 2011

Ñeca IV

     Ñeca decidió que era hora de demostrarle a Trapo que sí había alguien que le quería: ella, y que podía hacerle ver su valía, así que la noche siguiente sacó del bolso de su cuadriculado delantal una aguja y un fuerte hilo negro y haciendo caso omiso a las protestas, comenzó a coser.

  Cuando hubo terminado, Trapo lucía una radiante boca sonriente. Era incluso más grande que la que había tenido antes. Además ésta no se borraría, estaba cosida meticulosamente a la tela. La primera palabra que pudo pronunciar fue un “gracias” con una voz que a la muñeca le pareció la más bonita del mundo.

  Por fin volvería a ser feliz, y quizás podría ayudarle a descubrir por qué no se sentía como las demás. Emprenderían un viaje juntos, ya lo tenía planeado, recorriendo todos los cuartos y habitaciones a lo largo y ancho de la casa. Sería una gran aventura.

  Pero justo cuando terminó de contarle su propósito vio como las dos oscuras canicas se ensombrecían un momento. Trapo no iba a acompañarla.

-          ¡Entonces nunca podré darle sentido a mi vida!

-          Ya lo tiene, tú haces que la de los demás valga la pena. Yo aparecí roto, tirado al lado de un camión y nadie se me acercó en varios días excepto tú, y ese excepto tú es lo más importante Ñeca. Con tus canciones, el sonido de tu voz y cada una de las pequeñas puntadas me has devuelto la sonrisa. No solo la que acabas de coserme sino aquella que no puede advertirse a simple vista y aunque te lleve tu esfuerzo, todas esas pequeñas cosas forman parte de cómo tu eres y eso no lo tienes que cambiar.

-          Pero tú no vienes conmigo…

-          Me temo que no. Pero sabes que siempre estaré aquí por si me necesitas.

   Tomaron caminos diferentes. Ñeca esperaba algo más de la vida y Trapo quizás necesitaba seguir recuperándose de unas heridas del pasado que todavía no habían acabado de curarse  Mientras la muñeca se alejaba, él echó la vista atrás. La vio todavía con aguja e hilo en las manos y pensó si se acabaría arrepintiendo de su decisión de no ir tras ella. Volvió a mirar al frente y echó a andar.


 ¿Volverían a encontrarse? Quién sabe.

Para  O.P.G,
como recuerdo y promesa
de una tarde  en la playa.
:)

viernes, 16 de diciembre de 2011

Cómo te lo digo...

  ¿Cómo te lo digo…? A ver, esto es difícil. No es algo que se diga todos los días. Pero, si quieres mi opinión. Debería contarse más a menudo. ¡La gente tiene que aprender a ser sincera! Creo que a todos nos iría mejor. Si en realidad, las cosas son muy simples. ¡Ay perdón! Me estoy liando y me voy por los Cerros de Úbeda. Lo siento, es que estoy un poco nerviosa. Esto no me resulta fácil. ¿Te puedo contar un chiste primero? Para romper la tensión y eso… Vale, por tu cara veo que no y que esperas impaciente. El caso es que yo…, tú… tu igual no quieres saberlo. ¡Oh Dios mío! Me estoy dando cuenta de que esto es un grave error. Pero yo estaba muy segura de contártelo. Pensé que en el fondo te haría ilusión. Me moría de ganas por ver tu cara. Aunque quizás no es lo mejor… Si eso me voy y ya hablamos otro día. ¡Pero no de esto! De esto no hablamos más. Y yo diciendo que hay q ser sinceros… ¿Qué? ¿Qué no me vaya y te lo cuente? ¿Qué no te deje así? Está bien. Sabes que a mí esto me cuesta mucho y yo, lo que intentaba decirte desde el principio es que…

Me gustas.

 Mi oso de Peluche me mira y no me responde. Se forma un silencio incómodo y me dice con sus dos ojos negros que espera que mañana contigo me salga mejor.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Ñeca III

Cada noche, Ñeca le visitaba. Le cantaba canciones  mientras cosía la desgastada tela de su brazo y le contaba como era el mundo que ella conocía a la luz del día y la razón por la que no dormía en su caja de cartón como las demás. El muñeco escuchaba atento. En silencio. Ladeando la cabeza si no entendía algo o abriendo los ojos como platos si se sorprendía, pero siempre sin articular palabra.

  Fue pasando el tiempo y su amistad fue creciendo. Trapo volvía a parecer un juguete nuevo. Seguía sin hablar y sin sonreír, pero eso no había resultado impedimento alguno para que pudieran entenderse; Con gestos y dibujos había conseguido explicarle a la muñeca que un día había sido el mejor regalo de cumpleaños de un niño. Había cantado, bailado y pasado largas horas con él e incluso había oído decir que era su favorito a pesar de que sus ropas ya estuvieran sucias y con algún que otro agujero. Pero un buen día el niño, en uno de sus juegos, le había roto el brazo que ahora Ñeca tan afanosamente había reparado. Entonces ya no servía y quedó apartado en una estantería donde se llenó de polvo y su sonrisa comenzó a desgastarse hasta que la boca terminó por borrarse. Ya no le querían.

   Varias noches después la muñeca desapareció. Intentó quedarse con las demás y dormir. Pero de nuevo, no pudo.

 Se lo contó a su nuevo amigo quien la miró perplejo. “Claro que eres diferente” le dijo por gestos. Él también lo veía. De hecho, no entendía como los demás podían estar tan ciegos y mucho menos la incertidumbre de la propia Ñeca que ni siquiera sabía que es lo que estaba buscando. Pero explicárselo era algo demasiado complicado para ser dibujado o representado con movimientos.

                                                                      
                                                                                             Continuará…

martes, 6 de diciembre de 2011

Yo diré, tu dirás, él dirá...

    ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por el “qué dirán”? Por miedo a que nuestros actos sean juzgados, desaprobados y nuestros principios puestos a prueba. A cuántas personas no perdonamos o reprimimos decir que las queremos por no parecer más débiles o sentimentales, y sobrevivir en un mundo donde solo importan las apariencias y parece construido por corazones que son incapaces de pensar, querer o sentir más allá de ellos mismos.

   ¿Por qué no ser espontáneos? ¿Por qué no dejarse llevar por el impulso? Y así decir que le queremos, que la perdonamos, que nos gustaría volver a ser amigos o un sencillo “te echo de menos”. Dejar de pensar que ese tipo de cosas solo pasan en el cine y transformar nuestra vida en la película que nos gustaría ver, aunque no podamos predecir el final y solo podamos confiar en la honestidad de nuestros actos.

   Lo más triste es la cantidad de cosas que nos perdemos por no intentar ser un poquito más sinceros y dejar de vivir justo  como los demás esperan que lo hagamos. Quien sabe a lo mejor hay alguien ahí fuera que también nos quiere y nos echa de menos y ojalá, algún día reúna el valor necesario para decírnoslo.


                                                                                                                                               Para C.G.G

lunes, 28 de noviembre de 2011

Ñeca (II)

Todas esas proezas hacían que Ñeca continuara con su búsqueda incansable, pero a medida que pasaba el tiempo no podía hacer más que desmoralizarse. A diferencia de sus amigos, ella no sabía qué era exactamente lo que quería y no tenía ninguna cualidad que la hiciera destacar, no poseía una gran voz, ni una fuerza extraordinaria, ni ningún talento que le pareciera útil. Comenzó a pensar que tal vez se había equivocado. A lo mejor no tenía nada especial, y era igual que el resto de sus compañeras. En su opinión, igual de vacía.

  Su madre, que había venido en una caja con Ñeca y sus cinco hermanas, era una de las pocas que no parecía tener ojos de madera y veía en ella algo diferente. Algo que el resto no tenía. Ni sus otras hijas. Ni las demás muñecas. Quizás nadie que hubiera conocido. Para ella, era extraordinaria y se lo repetía una y otra vez, mientras ésta intentaba conciliar, sin mucho éxito, las palabras de la mujer con la realidad que se le presentaba.

   Una noche, cuando ya casi había perdido toda la esperanza, conoció a Trapo. Más bien lo encontró. Estaba tirado cerca del camión que Oso de Peluche intentaba arreglar y nadie se le había acercado todavía. Probablemente, pensó Ñeca para sí, tampoco tenían intención de hacerlo, pues Trapo estaba sucio y descosido.

   Cuando llegó hasta él, éste la miro con las dos canicas negras que tenía por ojos, y se dio cuenta de que además de todos sus remiendos también tenía un brazo roto, aunque lo que más conmovió a Ñeca fue que la sonrisa se le había borrado y solo quedaba una línea casi imperceptible de lo que antes había sido un fuerte trazo en su redonda cara de tela.

    Le acompañó al refugio para muñecos perdidos que varios soldaditos de plomo habían creado. Trapo, le guiñó un ojo como señal de agradecimiento.

                                                                                           Continuara...

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Y tú, ¿Te has enamorado alguna vez?

      -          ¿Te has enamorado alguna vez?
      -          Sí.
-          ¿Y qué tal?
-          La verdad, fue horroroso.
-          ¿Qué me dices?
-          Terrible, espantoso.
-          ¡No!
-          No tenía descanso. Soñaba por la noche y por el día. El corazón se me aceleraba sin previo aviso y a veces hasta se me cortaba la respiración.  Las piernas me temblaban de vez en cuando y tropezaba con cualquier cosa si caminábamos juntos. Se me secaba la boca y no siempre podía pronunciar bien, por no hablar del vómito de palabras o del dolor de cabeza que muchas veces causa, mas de las que me hubiera gustado.
-          ¡Vaya! Es como una enfermedad
-          Lo es, lo es.
-          Entonces creo que yo no voy a  enamorarme nunca. ¡No quiero sufrir tanto!
-          Bueno, en realidad… tampoco está tan mal.
-          Cualquiera lo diría, por lo que me has contado…
-          Tiene sus cosas buenas
-          No creo que compensen…
Suena un móvil
      -          ¿Es él?
-          ¿Cómo lo sabes?
-          ¿Qué le vas a decir?
-          Que no voy, después de lo que me has contado…
-          Pero… tú quieres ir.
-          Me parece que ahora no.
-          ¡No te he contado las cosas buenas!
-          Da igual. Oye, ¿Cómo supiste que era él?
-          Se te escapó una sonrisa al ver su nombre en la pantalla. Esa es una de las cosas buenas que no quieres oír.
-          Está bien, cuéntame las demás.
-          No, no seas cobarde y ve. Averígualas por ti misma.
-          Mira, que como acabe como tú…
-          La verdad, serías afortunada entonces.


jueves, 17 de noviembre de 2011

ÑECA (I)

      Ñeca sabía que no era como las demás. Siempre lo supo. No podría decir bien por qué pero no se sentía como el resto de muñecas que, como ella habían salido de la fábrica, a pesar de que llevara el mismo vestido rojo, el mismo delantal de cuadros y tuviera el mismo cuerpecillo de madera.

    Todas las muñecas cantaban y bailaban todo el día, igual que Ñeca. Su misión: hacer sonreír a los niños y también a veces, a los mayores. Pero cuando llegaba la noche y volvían a sus cajas de cartón se quedaban dormidas. Ella no podía pegar ojo. Nunca había logrado dormir.

     Siempre había pensado que una vida así, era muy triste. Soñaba con algo más que canciones y bailes pero el día que se le ocurrió decirlo fue el hazme reír del lugar e incluso algunos se sintieron ofendidos; la regla general era el conformismo y todo aquello que se alejaba de él sonaba a arrogancia en estado puro.

    Por eso, en secreto, empezó a pasar las noches deambulando por aquel enorme cuarto lleno de juguetes intentando averiguar qué era aquello que le hacía sentir peculiar y lo que le parecía más importante: si algún día podría utilizarlo para hacer algo bueno.
  Gracias a sus excursiones nocturnas descubrió que otros muñecos padecían el mismo insomnio que ella e intentaban encontrar alguna razón más para su existencia, aunque también, ocultándoselo a aquella gran mayoría que solo vivía a la luz del día. Lo que más le gustaba, era comprobar que ciertamente, muchos habían logrado ser más felices: Osos de peluche que querían dejar de ser achuchables para volverse útiles y ajustaban los tornillos sueltos de los camiones de plástico después de un largo día de juegos, muñecas vestidas de bailarinas que se transformaban en grandes arquitectas haciendo virguerías con los coloridos bloques

                                                                                                  continuará...

domingo, 13 de noviembre de 2011

De la noche a la mañana

-          ¿A qué viene esa cara tan larga?
-          Creo que estoy triste.
-          ¿Y eso?
-          Me he dado cuenta de que ya no me quiere.
-          Venga, seguro que estás exagerando.
-          Que no, que no. Que es verdad.
-          ¿Cómo lo sabes?
-          Ya no me habla, ni me mira como antes.  No juega al despiste, no hay sorpresas, bromas, chistes…  ni tampoco mensajes,  fotos, canciones.  Los pequeños detalles cotidianos  se han esfumado igual que su sonrisa delatadora y sus ganas de conversar.
-          ¿No habláis?
-          Somos políticamente correctos.
-          Ya.
-          Odio esa expresión.
-          Lo que odias es sentirte como una persona más entre un millón, no te engañes.
-          Gracias por los ánimos.
-          De nada. Pero si te sirve de algo, dudo que nadie se desenamore así como así. Estas cosas no cambian de la noche a la mañana.
-          A veces sí.
-          Bueno, de todas formas no te entiendo, es lo que tú querías ¿No? … ¿No?
-          Las cosas cambian de la noche a la mañana.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Amarillo

-          Dime algo alegre.

 Era una pregunta fácil, pensé. Si tuviera que hablar sobre algo alegre, lo primero que se me viene a la cabeza es su risa, su forma de saludar como si tú fueras la única persona que a ella le apetece ver; la manera de abordarme con historias disparatadas y preguntas peculiares. Observar cómo se aparta el pelo hacia un lado cuando se quiere concentrar en algo o perder la noción del tiempo contemplando sus ojos expectantes y ansiosos por escuchar mi respuesta…

-           ¿Y bien?

-           Amarillo- me oí decir.

-            ¿Amarillo? – rió como calibrando mi ingenio

-            Sí, amarillo- parecí convencerla

-             Pero… ¿amarillo plátano?

-             No, ése a veces tiene manchas marrones. Amarillo chillón.

-            Amarillo  pollo, entonces

-             No,  he dicho chillón. Así – y en un momento de despiste le arrebaté su carpeta amarilla de las manos.

-            ¡Eh!

-            ¿Ves? Ese es el que más me gusta

Puso una mueca de indignación – Eres un gamberro

-            Y tú muy rara ¿Por qué quieres que te diga algo alegre?

-          Me intrigaba.

-          ¿Mi respuesta?

-          El tiempo que tardarías en contestarme.

-          ¿Y has sacado alguna conclusión?

-          Sí, has tardado mucho.

-          Era una pregunta demasiado fácil.

-          Ya lo suponía. – respondió sonriendo.

viernes, 4 de noviembre de 2011

PERFECTO

Entonces empezó a preguntarse qué es lo que tenía ÉL que le hacía perfecto.
-          Y no me vale que me digas  “ un no sé qué” “qué se yo”
-          No. Tengo una razón contundente. Sólo déjame pensar…
Y pensar en esa respuesta, aparentemente tan sencilla, le llevó más trabajo de lo que imaginaba. Se dio cuenta de que no tenía una razón tan buena como creía por la que él, fuera ÉL, más que recordar que,  hace mucho tiempo, apareció justo en el lugar y momento oportuno para cambiar su vida y ponerla patas arriba. Para bien, claro.  Pero de eso hacían ya más de mil días y ahora, empezaba a temer que la perfección se había convertido en una nube de humo que su cabeza había creado dándole tantas vueltas.
A lo mejor no era tan perfecto. Posiblemente tuviera muchos defectos. De hecho, lo afirmó. Los tenía. Pero ella no los había querido ver. Igual que tampoco había querido olvidarle ni a él ni a todo lo que le rodeaba.
Lo bueno de las nubes de humo, es que un día sopla el viento y se van, dejándonos ver con claridad aquello que antes ignorábamos. Por eso, acompañada de una ligera brisa, decidió que ya era hora de seguir adelante, ésta vez, olvidando lo perfecto y lo imperfecto y simplemente, viviendo.

lunes, 31 de octubre de 2011

Un beso tuyo...

   Encontré un beso tuyo el otro día. Se había quedado en mi cuello. Fue el único que sobrevivió. Aferrado a la piel cercana a la garganta se negó a moverse durante mucho tiempo y combatió contra todo tipo de tempestades. No quería marcharse, el muy cabezota. No existía forma de negociar, ni sobornos posibles. Ni siquiera parecía querer escucharme. Le odié. Sobre todo cuando se metió en mi cabeza y dándole una patada a la caja que lleva tu nombre la tiró al suelo desordenándolo todo. Otra vez.

   Volvió al cuello con aire malicioso y me saco la lengua. Se me escapó una sonrisa. Me recordó a ti.

   ¡Habrase visto personaje más rastrero! He de decir que me enfurecí. Le grité con todas mis fuerzas y le dije que se fuera y  no regresara nunca. Reconozco que perdí un poco los papeles. Me di cuenta cuando a tu beso le cayó una lágrima y me miró con  disgusto y desaprobación y antes de partir, me dijo que si yo realmente hubiera querido, se habría marchado hacía ya mucho tiempo.

jueves, 27 de octubre de 2011

A soñar...

Soy un soñador, amante de historias imposibles y sanador de almas rotas. Para mí las causas perdidas no existen, solo la falta de imaginación y la sobredosis de cobardía.

    Soy un soñador. De esos que no se rinden nunca o, al menos no pierden la esperanza. Me llaman loco, iluso, dicen que no vivo en este mundo, que nadie sobrevive a base sueños. Pero lo que no entienden es que mientras ellos malgastan su tiempo  conformándose  yo trabajo por mantener los sueños vivos y hacerlos más reales. Acercándolos poco a poco. Lentamente. A veces parece que puedo llegar a tocarlos… Quizá algún día se cumplan. Quizá no. Pero estaré más cerca que aquel que nunca lo ha intentado.

    Te invito a soñar conmigo. A ver que las cosas nunca son tan blancas. Ni tan negras. En realidad pueden ser azules o verdes, o rosas, depende de cómo te levantes esa mañana y de la actitud con la que estés dispuesto a enfrentar el día.

    Y si quieres un consejo: sueña. Siempre. A todas horas. Todos los días. Porque es la única forma de mantenerse despierto en un mundo que cerrándonos los ojos, ya no valora que sueño a sueño y paso a paso se mejora y se consiguen las metas que realmente nos harán ser felices.

domingo, 23 de octubre de 2011

Intuición



La verdad, lo intuía. No sé cómo ni por qué.  A lo mejor fue un sexto sentido, igual que el que nos avisa del miedo y nos dice que seamos cautelosos. O tal vez una corazonada, un pálpito, un no sé qué, que se te mente por dentro y te deja con un mal presentimiento en el cuerpo. Algo que pensamos un segundo y que luego ignoramos y apartamos de nuestra mente veloces, para no sentirnos pesimistas ni creernos sabedores del futuro.
  De todas formas, ocurrió. El pálpito se hizo realidad. Volvió a mi cabeza el fugaz pensamiento y me golpeó como un gran bloque de hielo. Dejándome igual de fría e inerte.
  Una imagen, esa fue la prueba. Solo una imagen que vi un momento.  No me sorprendí, no me extrañé, pero eso no hizo que doliera menos, ni me lo tomara mejor; más bien acabé reprochándome no haberle hecho caso al latido que intentó avisarme del desastre, el mismo que antaño había comenzado a palpitar alegremente con el sonido de tu voz hasta que no pude ignorarlo.


martes, 18 de octubre de 2011

Si tu estás cerca...

     Si tú estás cerca, duele menos. Si me haces reír, se me olvida por momentos. Si me miras de reojo con una media sonrisa en la boca, empiezo a creer que la tristeza ya se marcha. Y, si además  me vuelves a decir sin palabras, que estás deseando volver a verme, me recorre un escalofrío acompañado de una sensación muy  familiar, creo q se llamaba… ilusión.

sábado, 15 de octubre de 2011

Esfuerzo. Paciencia. Constancia...

        Esfuerzo. Paciencia. Constancia. Perseverancia. Siempre fueron mis herramientas, las más perfectas que creí que podía tener para conseguir cualquier cosa. Pero a veces fallan y te quedas sin nada. El final feliz por el que tanto trabajaste se ve hecho trizas en cuestión de segundos y agotado, y sin saber que hacer a continuación a uno solo le queda el preguntarse por qué ha salido mal.
  Cuando estamos tirados en el suelo,  con todo roto a nuestro  alrededor, y  ya sin fuerzas, es cuando empieza lo verdaderamente difícil o, en cualquier caso, lo verdaderamente sorprendente: el momento en que movemos una mano y con un poco de impulso ya tenemos una rodilla hincada en la tierra. Es la primera señal de que conseguiremos levantarnos por completo.
  Aunque parezca mentira, seremos más fuertes y sabios; entonces es cuando nos damos cuenta de que a lo mejor lo importante no es el final en sí, si no las cosas que hicimos por el camino y que ahora nos llevan a ser lo que somos y nos preparan para el siguiente reto.
  Puede que el final feliz, no consista en honores ni meritos, en príncipes ni besos, quizás solo sea volver a empezar de cero y tener una puerta abierta a nuevas oportunidades que de otra forma no se nos presentarían o no seríamos capaces de superar, esta vez, con éxito.

lunes, 10 de octubre de 2011

Historias de un historia inconclusa (IV)

HISTORIA DE UN PRÍNCIPE (Tercera parte)

Aquí no va a haber batallas entre Bruja Piruja y Princesita, porque recordemos que esto fue en un reino no muy lejano, posiblemente al doblar nuestra calle y las guerras con espadas y dragones causan demasiado ruido.  En esta historia, el príncipe, quien hace las veces de damisela en apuros al haberse tomado una poción que todos creemos mágica, es quién debe tomar una decisión.

¿Qué paso al final? Ahora vamos.

 A todos nos gustan las cosas nuevas, pero cuando ya no son tan nuevas nos cansamos de ellas. No piensen  queridos lectores que Príncipe Azul se cansó de las escobas y los ungüentos. No. Más bien un día descubrió que era Bruja Piruja la que se había cansado de él decidiendo sustituirle por un gigante muy feo pero también mucho más fiero.

                 Cuando Príncipe, que ya empezaba a ser Azul Claro regresó, se dio cuenta de que ya no encontraría a Princesita, pues ésta, tirando su libro de chistes al contenedor más sucio y apestoso del reino, había huido a las más alta torre de la más alta montaña. Mirando al cielo del color del príncipe que tanto quiso, decidió escribir canciones para sosegar el dolor de todos aquellos que como ella, también tienen el corazón roto. Y cada noche, justo antes de dormir, abre un poco la botella de los suspiros, que ya pesaba bastante, y deja a escapar uno, que vuela hasta llegar a acariciar la mejilla de Príncipe, esté donde esté, y le recuerda por qué los chistes ya no le hacen tanta gracia como antes.

 Un buen día, mientras Princesita escribía en su ventana, un sospechoso búho apareció e hizo “CU-CU”. Pero eso ya es otra historia…

O quizá no.