miércoles, 28 de septiembre de 2011

Un hombre sabio...

   Un hombre sabio dijo una vez que existen dos formas de echar de menos a alguien que se quiere: cuando nos separan cientos de kilómetros o bien, si a pesar de estar a unos pocos minutos, incluso a su lado, la distancia parece mucho más grande. Abismal.
    Lo más triste de esto último es ir viendo como los sentimientos, la confianza, la amistad o la complicidad se van marchitando poco a poco hasta desaparecer, como una flor a la que ya no damos agua, ni luz del sol y hemos condenado a morir.
   Dicen también que nunca se olvida a una persona  importante en nuestra vida, simplemente, aprendemos a vivir sin ella, pero, en ciertos casos ¿Por qué hemos de aprender a vivir sin alguien a quien queremos?
    A aquel amigo que no cuidamos, a ese amor que se marchó o que tal vez dejamos escapar o a esa persona que cuando nos llamaba a gritos no supimos oír  y ahora nos encontramos con el vacío que deja su ausencia. Quizá nos faltó poner un poco más de nuestra parte y un pedazo de coraje y decirle que no queremos que se aleje, que se quede muy cerca, que así… ya no tendremos que echarle de menos.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Deseos...




   Solía pedir deseos a las estrellas, aunque no fueran fugaces, a las pestañas que se caen y quedan reposando en las mejillas antes de precipitarse al vacío e incluso a cada avión que veía surcar el cielo dejando una estela blanca tras de sí.  Pedía el mismo deseo, una y otra vez. Sin cambiar. Con las mismas palabras y siempre con la misma ilusión. No existía nada que pudiera desear más que aquel pequeño milagro.
    Nunca se cumplió.
   Dejé de creer en las estrellas, las pestañas y cada vez que veía un avión maldecía tristemente, pensando por qué no se habría hecho realidad aquello que con tanto entusiasmo había deseado día tras día.
    Años más tarde, comprendí que quizás había una buena razón para que no se hubiese cumplido. Algo que me había aguardado a la vuelta de la esquina para darme un susto agradable cuando menos lo esperaba y  hacerme  mucho más feliz.
   Hoy miro al cielo con ilusión pero ya no pido deseos. No creo en ellos. Porque quizás pueden convertirse en una banda negra que, cubriéndome los ojos, no me deja ver que mucho más cerca y de mil formas diferentes aparece algo mucho mejor de lo que jamás hubiera podido desear.

martes, 20 de septiembre de 2011

Historias de una historia inconclusa (I)

     Llevaba el reloj en la mano derecha, pero no era zurdo. También guardaba una púa en su cartera, aunque no fuera un gran músico. No sabía mucho más de él, pero qué más daba. A veces las buenas historias empiezan así, con dos desconocidos que todavía no se conocen y éste puede ser el principio, o el fin, o el principio del fin, pero sin duda forma parte de una historia.

   Una gran historia quizás, puede que terminada o tal vez inconclusa pero para saberlo, primero habría que contarla ¿No? Y para ello deberíamos concienciar antes al lector de que los príncipes no existen, a Blancanieves le gustaba la playa y ponerse morena, la moda ahora es besar lagartijas, no ranas,  Peter Pan quería ser mayor para lo que le interesaba, a Caperucita no le daba miedo el lobo, más bien era al revés, ¡Ah! Y las brujas… lo siguen siendo.

   Dados estos importantes avisos, podemos empezar este relato de amores y desamores, tragedias, engaños, celos y, por supuestísimo, puñales por la espalda, por el principio o por lo menos por uno de ellos porque es difícil saber con precisión y claridad en qué momento las cosas comienzan a cambiar y lo que es más cuando pierden el rumbo.

  Todo empezó un día de sol en el que Caperucita había decidido ir por otro camino a casa de su abuelita, la bella durmiente se pinchó con una rueca y un chico que no era zurdo, ni un gran músico, miró su reloj y se dio cuenta de que llegaba tarde…


domingo, 18 de septiembre de 2011

Mi recuerdo favorito.

       Mi recuerdo favorito se guarda en un lugar especial de la memoria, entre las cosas importantes y aquellas que me hacen sonreír. Está ya algo desgastado por el uso, pero a veces me golpea sin avisar. Me invade una ola de nostalgia repentina y casi puedo volver a oler la lluvia y ver las calles mojadas. Cierro los ojos y las imágenes se vuelven cada vez más nítidas aunque nunca  llegan a ser del todo claras. Intento agarrarlo, detenerlo para que no se escape y descansar en él un rato, pero igual que vino se va y dejándome un sabor agridulce me devuelve al presente, donde con un suspiro continúo pensando en él unos instantes más antes de que se desvanezca por completo.

       De todos elegí ese. Aunque no me guste la lluvia y los zapatos me resbalen, me hace recordar que en los escenarios más grises a veces aparecen los colores más vivos y la claridad más absoluta.   Por eso es mi recuerdo favorito, y  porque después se marcha y puede que no vuelva en mucho tiempo o puede que sí, pero siempre será por sorpresa.

  No podía ser de otra forma.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sólo quería verte.

     Sólo quería verte y como no sabía dónde estabas empecé a buscarte a mi manera, que puede que no fuera  la mejor, pero nadie lo haría con más ilusión que yo: Empecé  encendiendo  una vela en el fondo del mar, mi trabajo me costó. Algunos peces protestaron, pero yo les dije que te estaba buscando y que si no iban a ayudarme a encontrarte, mejor que se fueran nadando por donde habían venido. En las profundidades marinas no estabas, así que decidí subir a tierra para volver a sumergirme en una piscina de bolas con una bicicleta, no me fue nada fácil mantener el equilibrio entre tanto canto rodado y cuando el pie de un niño que jugaba interrumpió mi búsqueda arrancándome el casco, me vi obligada a emerger de ese océano de colores para volver a cambiar de escenario. Entonces me zambullí en la gran ciudad con un caza mariposas por si entre tanto asfalto podría encontrar alguno de tus pensamientos.
  Recorrí todo el mundo solo porque quería verte, y como me pareció que se me quedaba pequeño, viajé a Marte en un barco de papel por si acaso allí había más cobertura, con tan mala suerte que el teléfono móvil se tragó mis monedas y la cabina se quedó sin batería.
  Volví  a tierra y me puse las gafas, para no ver. Nada me parecía interesante, sobre todo si no podía escuchar tu voz. Cerré los oídos y me tape los ojos y en medio de la oscuridad, por fin te vi.
-          Me has buscado de una forma un tanto extraña ¿No crees?
-          Pero nadie lo ha hecho con más ilusión que yo.
  Sabías que era verdad y te cacé al vuelo con mi caña de pescar mientras una sonrisa delatadora te ponía una máscara.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Últimas veinticuatro horas



   Si al mundo solo le quedasen veinticuatro horas de vida, si supieras con seguridad cuando exhalarás tu aliento final  y pudieras elegir cuáles son tus últimos actos y la manera de llevarlos a cabo ¿Qué harías?

   Yo siempre supe mi respuesta, diría muchos te quiero. Serían todos de verdad, sobre todo aquellos que se hacen más duros de afirmar y los que sabemos que no van a ser correspondidos, porque debería pensarse antes en dar que en recibir. Me gustaría que esas fueran las últimas palabras que alguien me oyera pronunciar y que permanezcan grabadas  junto con una sonrisa y un gesto  alegre que se quedase aunque yo me fuera.

    Levanto la vista mientras pienso esto y miro como jugueteas con tu vaso mientras reflexionas. Me sonríes y dices algo que no conseguiré recordar, quizá algo ingenioso o inteligente pero que no podré retener en mi cabeza. Envuelta en tu voz, solo consigo despertar con un “¿Y tú?”

   Sentada en mi silla y a pesar de todos mis buenos propósitos, balbuceo algo y solo puedo pensar que por favor, necesito que al mundo le queden más de veinticuatro horas de vida.

    Te devuelvo la sonrisa.

martes, 6 de septiembre de 2011

Él tiene un don

   Él tiene un don. Es artista. Lo sé porque no le hace falta un pincel para poder dibujar en mi cara una sonrisa y pinta sin acuarelas una imagen del mundo más bonita que la que a veces la propia realidad nos quiere mostrar. Camufla las imperfecciones con trazos firmes que nos invitan  a no pensar en ellas y a ver solo el lado bueno de un cuadro que puede ser distintamente interpretado.

  También entiende de música. Primero escucha en silencio, atento unas veces y distraído otras, pero siempre logrando después componer una melodía perfecta. Justo la que uno espera escuchar. Otras veces pienso que es mago. Sin trucos ni varitas, su forma de aparecer, siempre en el último momento como un “Abrakadabra”,  me alegra los días grises y da brillo a los que ya son de colores.

  La literatura es además, su punto fuerte. Tan pronto me lleva a los pilares de la Tierra, como a un viaje de  ochenta días en globo, para aterrizar después en una canción desesperada donde espero impaciente el próximo destino.

   Él no es especial, pero tiene un don. Lo mejor es que no lo sabe, ni lo sospecha y si se lo digo - porque ya lo intenté- se ríe ante tan descabellada idea y sigue a lo suyo, pero con una ligera sonrisa todavía en la boca. Probablemente, pienso, preparando sin saberlo su siguiente obra de arte.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Pelayo


   Mi sobrino Pelayo tiene tres años y una técnica infalible para quedarse dormido: se canta cumpleaños feliz . Lo descubrí un día que oí una extraña melodía saliendo de su habitación a la hora de la siesta. En la familia todos nos lo tomamos a risa, pues tiene gracia la cosa, pero un día mi madre nos contó el sencillo por qué de ese extraño hábito: En su segundo cumpleaños, cenó con Papá y Mamá en el salón, los tres juntos. Le hicieron una tarta y después de soplar las dos velitas le cantaron cumpleaños feliz. Entre mimos y canciones se fue a la cama y probablemente esa fue la noche más feliz de su todavía corta vida.

  Nos quedamos sobrecogidos, y quizás también admirados de cómo puede en un niño tan pequeño, caber una alegría tan grande; tan grande que cada noche la recuerda y utiliza un poquito de ella para dormir. Así no tiene pesadillas, no hay cocos, ni ogros y no hace falta encender ninguna luz.

   Por la mañana se despierta con los ojos llenos de legañas y una sonrisa adormilada, quizás recordando sueños que sabían a chocolate y con el calorín que desprendía las velas todavía en el pijama.

  A los que somos mayores se nos debió de olvidar aquel recuerdo que nos quitaba el miedo, o simplemente nos tenemos por demasiado maduros para creer en cosas tan infantiles. ¡Lástima! A mí Pelayo siempre me hace sonreír y aunque no podemos evitar que crezca sí espero seguir viendo dentro de muchos años al mismo niño que ahora mismo escucho cantarse una vez más… cumpleaños feliz.