viernes, 2 de septiembre de 2011

Pelayo


   Mi sobrino Pelayo tiene tres años y una técnica infalible para quedarse dormido: se canta cumpleaños feliz . Lo descubrí un día que oí una extraña melodía saliendo de su habitación a la hora de la siesta. En la familia todos nos lo tomamos a risa, pues tiene gracia la cosa, pero un día mi madre nos contó el sencillo por qué de ese extraño hábito: En su segundo cumpleaños, cenó con Papá y Mamá en el salón, los tres juntos. Le hicieron una tarta y después de soplar las dos velitas le cantaron cumpleaños feliz. Entre mimos y canciones se fue a la cama y probablemente esa fue la noche más feliz de su todavía corta vida.

  Nos quedamos sobrecogidos, y quizás también admirados de cómo puede en un niño tan pequeño, caber una alegría tan grande; tan grande que cada noche la recuerda y utiliza un poquito de ella para dormir. Así no tiene pesadillas, no hay cocos, ni ogros y no hace falta encender ninguna luz.

   Por la mañana se despierta con los ojos llenos de legañas y una sonrisa adormilada, quizás recordando sueños que sabían a chocolate y con el calorín que desprendía las velas todavía en el pijama.

  A los que somos mayores se nos debió de olvidar aquel recuerdo que nos quitaba el miedo, o simplemente nos tenemos por demasiado maduros para creer en cosas tan infantiles. ¡Lástima! A mí Pelayo siempre me hace sonreír y aunque no podemos evitar que crezca sí espero seguir viendo dentro de muchos años al mismo niño que ahora mismo escucho cantarse una vez más… cumpleaños feliz.

1 comentario:

  1. Es realmente gratificante volver a la infancia en algunos instantes, porque es cierto que todos llevamos un niño dentro, el que fuimos tiempo atrás y el que de vez en cuando asoma para hacernos ver que la vida es más sencilla de lo que a veces creemos que es.

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