lunes, 28 de noviembre de 2011

Ñeca (II)

Todas esas proezas hacían que Ñeca continuara con su búsqueda incansable, pero a medida que pasaba el tiempo no podía hacer más que desmoralizarse. A diferencia de sus amigos, ella no sabía qué era exactamente lo que quería y no tenía ninguna cualidad que la hiciera destacar, no poseía una gran voz, ni una fuerza extraordinaria, ni ningún talento que le pareciera útil. Comenzó a pensar que tal vez se había equivocado. A lo mejor no tenía nada especial, y era igual que el resto de sus compañeras. En su opinión, igual de vacía.

  Su madre, que había venido en una caja con Ñeca y sus cinco hermanas, era una de las pocas que no parecía tener ojos de madera y veía en ella algo diferente. Algo que el resto no tenía. Ni sus otras hijas. Ni las demás muñecas. Quizás nadie que hubiera conocido. Para ella, era extraordinaria y se lo repetía una y otra vez, mientras ésta intentaba conciliar, sin mucho éxito, las palabras de la mujer con la realidad que se le presentaba.

   Una noche, cuando ya casi había perdido toda la esperanza, conoció a Trapo. Más bien lo encontró. Estaba tirado cerca del camión que Oso de Peluche intentaba arreglar y nadie se le había acercado todavía. Probablemente, pensó Ñeca para sí, tampoco tenían intención de hacerlo, pues Trapo estaba sucio y descosido.

   Cuando llegó hasta él, éste la miro con las dos canicas negras que tenía por ojos, y se dio cuenta de que además de todos sus remiendos también tenía un brazo roto, aunque lo que más conmovió a Ñeca fue que la sonrisa se le había borrado y solo quedaba una línea casi imperceptible de lo que antes había sido un fuerte trazo en su redonda cara de tela.

    Le acompañó al refugio para muñecos perdidos que varios soldaditos de plomo habían creado. Trapo, le guiñó un ojo como señal de agradecimiento.

                                                                                           Continuara...

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Y tú, ¿Te has enamorado alguna vez?

      -          ¿Te has enamorado alguna vez?
      -          Sí.
-          ¿Y qué tal?
-          La verdad, fue horroroso.
-          ¿Qué me dices?
-          Terrible, espantoso.
-          ¡No!
-          No tenía descanso. Soñaba por la noche y por el día. El corazón se me aceleraba sin previo aviso y a veces hasta se me cortaba la respiración.  Las piernas me temblaban de vez en cuando y tropezaba con cualquier cosa si caminábamos juntos. Se me secaba la boca y no siempre podía pronunciar bien, por no hablar del vómito de palabras o del dolor de cabeza que muchas veces causa, mas de las que me hubiera gustado.
-          ¡Vaya! Es como una enfermedad
-          Lo es, lo es.
-          Entonces creo que yo no voy a  enamorarme nunca. ¡No quiero sufrir tanto!
-          Bueno, en realidad… tampoco está tan mal.
-          Cualquiera lo diría, por lo que me has contado…
-          Tiene sus cosas buenas
-          No creo que compensen…
Suena un móvil
      -          ¿Es él?
-          ¿Cómo lo sabes?
-          ¿Qué le vas a decir?
-          Que no voy, después de lo que me has contado…
-          Pero… tú quieres ir.
-          Me parece que ahora no.
-          ¡No te he contado las cosas buenas!
-          Da igual. Oye, ¿Cómo supiste que era él?
-          Se te escapó una sonrisa al ver su nombre en la pantalla. Esa es una de las cosas buenas que no quieres oír.
-          Está bien, cuéntame las demás.
-          No, no seas cobarde y ve. Averígualas por ti misma.
-          Mira, que como acabe como tú…
-          La verdad, serías afortunada entonces.


jueves, 17 de noviembre de 2011

ÑECA (I)

      Ñeca sabía que no era como las demás. Siempre lo supo. No podría decir bien por qué pero no se sentía como el resto de muñecas que, como ella habían salido de la fábrica, a pesar de que llevara el mismo vestido rojo, el mismo delantal de cuadros y tuviera el mismo cuerpecillo de madera.

    Todas las muñecas cantaban y bailaban todo el día, igual que Ñeca. Su misión: hacer sonreír a los niños y también a veces, a los mayores. Pero cuando llegaba la noche y volvían a sus cajas de cartón se quedaban dormidas. Ella no podía pegar ojo. Nunca había logrado dormir.

     Siempre había pensado que una vida así, era muy triste. Soñaba con algo más que canciones y bailes pero el día que se le ocurrió decirlo fue el hazme reír del lugar e incluso algunos se sintieron ofendidos; la regla general era el conformismo y todo aquello que se alejaba de él sonaba a arrogancia en estado puro.

    Por eso, en secreto, empezó a pasar las noches deambulando por aquel enorme cuarto lleno de juguetes intentando averiguar qué era aquello que le hacía sentir peculiar y lo que le parecía más importante: si algún día podría utilizarlo para hacer algo bueno.
  Gracias a sus excursiones nocturnas descubrió que otros muñecos padecían el mismo insomnio que ella e intentaban encontrar alguna razón más para su existencia, aunque también, ocultándoselo a aquella gran mayoría que solo vivía a la luz del día. Lo que más le gustaba, era comprobar que ciertamente, muchos habían logrado ser más felices: Osos de peluche que querían dejar de ser achuchables para volverse útiles y ajustaban los tornillos sueltos de los camiones de plástico después de un largo día de juegos, muñecas vestidas de bailarinas que se transformaban en grandes arquitectas haciendo virguerías con los coloridos bloques

                                                                                                  continuará...

domingo, 13 de noviembre de 2011

De la noche a la mañana

-          ¿A qué viene esa cara tan larga?
-          Creo que estoy triste.
-          ¿Y eso?
-          Me he dado cuenta de que ya no me quiere.
-          Venga, seguro que estás exagerando.
-          Que no, que no. Que es verdad.
-          ¿Cómo lo sabes?
-          Ya no me habla, ni me mira como antes.  No juega al despiste, no hay sorpresas, bromas, chistes…  ni tampoco mensajes,  fotos, canciones.  Los pequeños detalles cotidianos  se han esfumado igual que su sonrisa delatadora y sus ganas de conversar.
-          ¿No habláis?
-          Somos políticamente correctos.
-          Ya.
-          Odio esa expresión.
-          Lo que odias es sentirte como una persona más entre un millón, no te engañes.
-          Gracias por los ánimos.
-          De nada. Pero si te sirve de algo, dudo que nadie se desenamore así como así. Estas cosas no cambian de la noche a la mañana.
-          A veces sí.
-          Bueno, de todas formas no te entiendo, es lo que tú querías ¿No? … ¿No?
-          Las cosas cambian de la noche a la mañana.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Amarillo

-          Dime algo alegre.

 Era una pregunta fácil, pensé. Si tuviera que hablar sobre algo alegre, lo primero que se me viene a la cabeza es su risa, su forma de saludar como si tú fueras la única persona que a ella le apetece ver; la manera de abordarme con historias disparatadas y preguntas peculiares. Observar cómo se aparta el pelo hacia un lado cuando se quiere concentrar en algo o perder la noción del tiempo contemplando sus ojos expectantes y ansiosos por escuchar mi respuesta…

-           ¿Y bien?

-           Amarillo- me oí decir.

-            ¿Amarillo? – rió como calibrando mi ingenio

-            Sí, amarillo- parecí convencerla

-             Pero… ¿amarillo plátano?

-             No, ése a veces tiene manchas marrones. Amarillo chillón.

-            Amarillo  pollo, entonces

-             No,  he dicho chillón. Así – y en un momento de despiste le arrebaté su carpeta amarilla de las manos.

-            ¡Eh!

-            ¿Ves? Ese es el que más me gusta

Puso una mueca de indignación – Eres un gamberro

-            Y tú muy rara ¿Por qué quieres que te diga algo alegre?

-          Me intrigaba.

-          ¿Mi respuesta?

-          El tiempo que tardarías en contestarme.

-          ¿Y has sacado alguna conclusión?

-          Sí, has tardado mucho.

-          Era una pregunta demasiado fácil.

-          Ya lo suponía. – respondió sonriendo.

viernes, 4 de noviembre de 2011

PERFECTO

Entonces empezó a preguntarse qué es lo que tenía ÉL que le hacía perfecto.
-          Y no me vale que me digas  “ un no sé qué” “qué se yo”
-          No. Tengo una razón contundente. Sólo déjame pensar…
Y pensar en esa respuesta, aparentemente tan sencilla, le llevó más trabajo de lo que imaginaba. Se dio cuenta de que no tenía una razón tan buena como creía por la que él, fuera ÉL, más que recordar que,  hace mucho tiempo, apareció justo en el lugar y momento oportuno para cambiar su vida y ponerla patas arriba. Para bien, claro.  Pero de eso hacían ya más de mil días y ahora, empezaba a temer que la perfección se había convertido en una nube de humo que su cabeza había creado dándole tantas vueltas.
A lo mejor no era tan perfecto. Posiblemente tuviera muchos defectos. De hecho, lo afirmó. Los tenía. Pero ella no los había querido ver. Igual que tampoco había querido olvidarle ni a él ni a todo lo que le rodeaba.
Lo bueno de las nubes de humo, es que un día sopla el viento y se van, dejándonos ver con claridad aquello que antes ignorábamos. Por eso, acompañada de una ligera brisa, decidió que ya era hora de seguir adelante, ésta vez, olvidando lo perfecto y lo imperfecto y simplemente, viviendo.