lunes, 28 de noviembre de 2011

Ñeca (II)

Todas esas proezas hacían que Ñeca continuara con su búsqueda incansable, pero a medida que pasaba el tiempo no podía hacer más que desmoralizarse. A diferencia de sus amigos, ella no sabía qué era exactamente lo que quería y no tenía ninguna cualidad que la hiciera destacar, no poseía una gran voz, ni una fuerza extraordinaria, ni ningún talento que le pareciera útil. Comenzó a pensar que tal vez se había equivocado. A lo mejor no tenía nada especial, y era igual que el resto de sus compañeras. En su opinión, igual de vacía.

  Su madre, que había venido en una caja con Ñeca y sus cinco hermanas, era una de las pocas que no parecía tener ojos de madera y veía en ella algo diferente. Algo que el resto no tenía. Ni sus otras hijas. Ni las demás muñecas. Quizás nadie que hubiera conocido. Para ella, era extraordinaria y se lo repetía una y otra vez, mientras ésta intentaba conciliar, sin mucho éxito, las palabras de la mujer con la realidad que se le presentaba.

   Una noche, cuando ya casi había perdido toda la esperanza, conoció a Trapo. Más bien lo encontró. Estaba tirado cerca del camión que Oso de Peluche intentaba arreglar y nadie se le había acercado todavía. Probablemente, pensó Ñeca para sí, tampoco tenían intención de hacerlo, pues Trapo estaba sucio y descosido.

   Cuando llegó hasta él, éste la miro con las dos canicas negras que tenía por ojos, y se dio cuenta de que además de todos sus remiendos también tenía un brazo roto, aunque lo que más conmovió a Ñeca fue que la sonrisa se le había borrado y solo quedaba una línea casi imperceptible de lo que antes había sido un fuerte trazo en su redonda cara de tela.

    Le acompañó al refugio para muñecos perdidos que varios soldaditos de plomo habían creado. Trapo, le guiñó un ojo como señal de agradecimiento.

                                                                                           Continuara...

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