lunes, 26 de diciembre de 2011

Algo diferente.

    Había un chico en mi parada del autobús el otro día. Uno de tantos. Pero éste tenía algo diferente, sostenía un libro en las manos y leía con calma mientras el remolino de gente que aguardaba la cola crecía a su alrededor.  No pude evitar observarle de vez en cuando, intentando atisbar el título de la novela que le hacía pasar página con el ansia de quién está siento devorado por una buena prosa y una mejor trama.

    Quizá fuera un loco por la ciencia ficción, o un romántico amante de la poesía, tal vez estuviera en medio de un duelo en el oeste o navegando por los mares del sur. Estuviera donde estuviera, seguro lejos de aquí.

    Me invadió una sensación de calma y tranquilidad que en un primer momento no supe identificar, pero que luego deduje, es la satisfacción y la alegría al comprobar que todavía quedan personas -  unas pocas -  que no sustituyen un buen libro por una pantalla brillante y un teclado.

    No conocía a ese chico y seguramente no le vuelva a ver pero, aunque suene exagerado, podría decir más cosas de él que de cualquiera de las demás personas que estaban a mi alrededor esa mañana, simplemente por el amigo paginado que llevaba entre las manos.

     En un momento, él me devolvió una sonrisa cómplice. Una de esas que te conmueven, porque alguien que no te conoce acaba de apreciar algo en ti que muchos de los que están a tu lado a diario no ven.

   Como si fuera un descuido, al pasar cerca de mi dejó entrever las letras brillantes de la portada. ¡Ya lo tenía! Y con un rápido gesto, vi que él también había intentado adivinar de qué era el volumen de tapas desgastadas que yo acababa de cerrar por que ya era hora de subirse al autobús.

(Basado en un texto de A.P.Reverte)

jueves, 22 de diciembre de 2011

Ñeca IV

     Ñeca decidió que era hora de demostrarle a Trapo que sí había alguien que le quería: ella, y que podía hacerle ver su valía, así que la noche siguiente sacó del bolso de su cuadriculado delantal una aguja y un fuerte hilo negro y haciendo caso omiso a las protestas, comenzó a coser.

  Cuando hubo terminado, Trapo lucía una radiante boca sonriente. Era incluso más grande que la que había tenido antes. Además ésta no se borraría, estaba cosida meticulosamente a la tela. La primera palabra que pudo pronunciar fue un “gracias” con una voz que a la muñeca le pareció la más bonita del mundo.

  Por fin volvería a ser feliz, y quizás podría ayudarle a descubrir por qué no se sentía como las demás. Emprenderían un viaje juntos, ya lo tenía planeado, recorriendo todos los cuartos y habitaciones a lo largo y ancho de la casa. Sería una gran aventura.

  Pero justo cuando terminó de contarle su propósito vio como las dos oscuras canicas se ensombrecían un momento. Trapo no iba a acompañarla.

-          ¡Entonces nunca podré darle sentido a mi vida!

-          Ya lo tiene, tú haces que la de los demás valga la pena. Yo aparecí roto, tirado al lado de un camión y nadie se me acercó en varios días excepto tú, y ese excepto tú es lo más importante Ñeca. Con tus canciones, el sonido de tu voz y cada una de las pequeñas puntadas me has devuelto la sonrisa. No solo la que acabas de coserme sino aquella que no puede advertirse a simple vista y aunque te lleve tu esfuerzo, todas esas pequeñas cosas forman parte de cómo tu eres y eso no lo tienes que cambiar.

-          Pero tú no vienes conmigo…

-          Me temo que no. Pero sabes que siempre estaré aquí por si me necesitas.

   Tomaron caminos diferentes. Ñeca esperaba algo más de la vida y Trapo quizás necesitaba seguir recuperándose de unas heridas del pasado que todavía no habían acabado de curarse  Mientras la muñeca se alejaba, él echó la vista atrás. La vio todavía con aguja e hilo en las manos y pensó si se acabaría arrepintiendo de su decisión de no ir tras ella. Volvió a mirar al frente y echó a andar.


 ¿Volverían a encontrarse? Quién sabe.

Para  O.P.G,
como recuerdo y promesa
de una tarde  en la playa.
:)

viernes, 16 de diciembre de 2011

Cómo te lo digo...

  ¿Cómo te lo digo…? A ver, esto es difícil. No es algo que se diga todos los días. Pero, si quieres mi opinión. Debería contarse más a menudo. ¡La gente tiene que aprender a ser sincera! Creo que a todos nos iría mejor. Si en realidad, las cosas son muy simples. ¡Ay perdón! Me estoy liando y me voy por los Cerros de Úbeda. Lo siento, es que estoy un poco nerviosa. Esto no me resulta fácil. ¿Te puedo contar un chiste primero? Para romper la tensión y eso… Vale, por tu cara veo que no y que esperas impaciente. El caso es que yo…, tú… tu igual no quieres saberlo. ¡Oh Dios mío! Me estoy dando cuenta de que esto es un grave error. Pero yo estaba muy segura de contártelo. Pensé que en el fondo te haría ilusión. Me moría de ganas por ver tu cara. Aunque quizás no es lo mejor… Si eso me voy y ya hablamos otro día. ¡Pero no de esto! De esto no hablamos más. Y yo diciendo que hay q ser sinceros… ¿Qué? ¿Qué no me vaya y te lo cuente? ¿Qué no te deje así? Está bien. Sabes que a mí esto me cuesta mucho y yo, lo que intentaba decirte desde el principio es que…

Me gustas.

 Mi oso de Peluche me mira y no me responde. Se forma un silencio incómodo y me dice con sus dos ojos negros que espera que mañana contigo me salga mejor.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Ñeca III

Cada noche, Ñeca le visitaba. Le cantaba canciones  mientras cosía la desgastada tela de su brazo y le contaba como era el mundo que ella conocía a la luz del día y la razón por la que no dormía en su caja de cartón como las demás. El muñeco escuchaba atento. En silencio. Ladeando la cabeza si no entendía algo o abriendo los ojos como platos si se sorprendía, pero siempre sin articular palabra.

  Fue pasando el tiempo y su amistad fue creciendo. Trapo volvía a parecer un juguete nuevo. Seguía sin hablar y sin sonreír, pero eso no había resultado impedimento alguno para que pudieran entenderse; Con gestos y dibujos había conseguido explicarle a la muñeca que un día había sido el mejor regalo de cumpleaños de un niño. Había cantado, bailado y pasado largas horas con él e incluso había oído decir que era su favorito a pesar de que sus ropas ya estuvieran sucias y con algún que otro agujero. Pero un buen día el niño, en uno de sus juegos, le había roto el brazo que ahora Ñeca tan afanosamente había reparado. Entonces ya no servía y quedó apartado en una estantería donde se llenó de polvo y su sonrisa comenzó a desgastarse hasta que la boca terminó por borrarse. Ya no le querían.

   Varias noches después la muñeca desapareció. Intentó quedarse con las demás y dormir. Pero de nuevo, no pudo.

 Se lo contó a su nuevo amigo quien la miró perplejo. “Claro que eres diferente” le dijo por gestos. Él también lo veía. De hecho, no entendía como los demás podían estar tan ciegos y mucho menos la incertidumbre de la propia Ñeca que ni siquiera sabía que es lo que estaba buscando. Pero explicárselo era algo demasiado complicado para ser dibujado o representado con movimientos.

                                                                      
                                                                                             Continuará…

martes, 6 de diciembre de 2011

Yo diré, tu dirás, él dirá...

    ¿Cuántas cosas dejamos de hacer por el “qué dirán”? Por miedo a que nuestros actos sean juzgados, desaprobados y nuestros principios puestos a prueba. A cuántas personas no perdonamos o reprimimos decir que las queremos por no parecer más débiles o sentimentales, y sobrevivir en un mundo donde solo importan las apariencias y parece construido por corazones que son incapaces de pensar, querer o sentir más allá de ellos mismos.

   ¿Por qué no ser espontáneos? ¿Por qué no dejarse llevar por el impulso? Y así decir que le queremos, que la perdonamos, que nos gustaría volver a ser amigos o un sencillo “te echo de menos”. Dejar de pensar que ese tipo de cosas solo pasan en el cine y transformar nuestra vida en la película que nos gustaría ver, aunque no podamos predecir el final y solo podamos confiar en la honestidad de nuestros actos.

   Lo más triste es la cantidad de cosas que nos perdemos por no intentar ser un poquito más sinceros y dejar de vivir justo  como los demás esperan que lo hagamos. Quien sabe a lo mejor hay alguien ahí fuera que también nos quiere y nos echa de menos y ojalá, algún día reúna el valor necesario para decírnoslo.


                                                                                                                                               Para C.G.G