domingo, 11 de diciembre de 2011

Ñeca III

Cada noche, Ñeca le visitaba. Le cantaba canciones  mientras cosía la desgastada tela de su brazo y le contaba como era el mundo que ella conocía a la luz del día y la razón por la que no dormía en su caja de cartón como las demás. El muñeco escuchaba atento. En silencio. Ladeando la cabeza si no entendía algo o abriendo los ojos como platos si se sorprendía, pero siempre sin articular palabra.

  Fue pasando el tiempo y su amistad fue creciendo. Trapo volvía a parecer un juguete nuevo. Seguía sin hablar y sin sonreír, pero eso no había resultado impedimento alguno para que pudieran entenderse; Con gestos y dibujos había conseguido explicarle a la muñeca que un día había sido el mejor regalo de cumpleaños de un niño. Había cantado, bailado y pasado largas horas con él e incluso había oído decir que era su favorito a pesar de que sus ropas ya estuvieran sucias y con algún que otro agujero. Pero un buen día el niño, en uno de sus juegos, le había roto el brazo que ahora Ñeca tan afanosamente había reparado. Entonces ya no servía y quedó apartado en una estantería donde se llenó de polvo y su sonrisa comenzó a desgastarse hasta que la boca terminó por borrarse. Ya no le querían.

   Varias noches después la muñeca desapareció. Intentó quedarse con las demás y dormir. Pero de nuevo, no pudo.

 Se lo contó a su nuevo amigo quien la miró perplejo. “Claro que eres diferente” le dijo por gestos. Él también lo veía. De hecho, no entendía como los demás podían estar tan ciegos y mucho menos la incertidumbre de la propia Ñeca que ni siquiera sabía que es lo que estaba buscando. Pero explicárselo era algo demasiado complicado para ser dibujado o representado con movimientos.

                                                                      
                                                                                             Continuará…

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