jueves, 26 de enero de 2012

Historias de una historia inconclusa (V)

 LA VERDADERA HISTORIA DE CAPERUCITA ROJA (Primera Parte)
   Continuamos con ésta historia tan intrigante cuyo final desconocemos e incluso tenemos dudas acerca de quiénes son sus verdaderos protagonistas. La segunda historia que aquí se contará es la de Caperucita Roja.  No la que cuentan los libros de niños, no. La real. La que nos contaría cualquier Caperucita si un día nos la encontrásemos por la calle.
  El primer detalle importante que tenemos que conocer es que en realidad, la niña no tenía por qué atravesar el bosque para ir a casa de su abuelita. Lo hacía porque quería. Ese camino le parecía más interesante y allí había conocido, por casualidad,  al temible Lobo Feroz. Que no le pareció tan temible, ni desde luego, tan feroz.  Descubrió que le gustaba su compañía y todos los días por quedarse hablando largo rato con él, llegaba tarde a casa de su abuelita. Y todos los días faltaba un pedacito del pastel que llevaba en la pequeña cestita.
¡Pero es que Lobo Feroz era tan divertido!
 Le contaba cosas extraordinarias que jamás hubiera podido imaginar, como las aventuras y desventuras con los tres cerditos y los siete cabritillos, o cómo había intentado colarse, sin éxito, en el cuento de Hansel y Grettel, por lo que Caperucita se reía y cariñosamente le decía:
-          Hasta mañana Bobo Feroz  ¡Que pases un buen día!
Lobo Feroz soltaba un aullido estremecedor como despedida, deseando que llegara el día siguiente. Le encantaba sentirse querido y admirado.
   No era algo común entre los lobos que, misteriosos,  astutos y solitarios, trabasen amistad con niñas. Pero éste lobito quizás era diferente, o puede ser que los demás no hubiesen intentado hacer vida social, o bien, nunca llegasen a conocer a su Caperucita.
   Muchas tardes pasaron. Unas lluviosas, en las que Lobo Feroz, buscaba las hojas de árbol más grandes para cobijar a Caperucita Roja del agua, por miedo a que se destiñera y quedase rosa, otras soleadas y calurosas, en las que se refugiaban bajo las sombras más grandes para poder comer el pedacito de pastel en un lugar un poco más fresco.
-          Bobo Feroz, te faltaba vitamina C.
   Bobo, perdón, Lobo no lo quería reconocer, pero poco a poco se empezaba a dar cuenta de lo divertida que era su vida desde la llegada de la niña. Hacía cosas nuevas, algunas extrañas, como la manía de Caperucita de recoger todas las margaritas que veía y quitarles los pétalos, lo cual sí, llevaba mucho, mucho tiempo y otras más normales como comer pastel, leer cómics, jugar al veo – veo, a la petanca  o cualquier cosa inesperada que a ésta se le ocurriera  y, por supuesto, se reía mucho mas.
     Al principio de la historia, dijimos que a Lobo Feroz, le daba miedo Caperucita. Pues no fue así exactamente.
Continuará...
     

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